Los vecinos de Barcelona y los turistas de crucero coinciden en opinar que la ciudad está masificada. No es una broma, es la principal conclusión del estudio más grande que se ha hecho hasta ahora sobre los patrones de movilidad de las personas que visitan Barcelona y cómo su presencia afecta a la población residente. La investigación, liderada por la Universidad Rovira y Virgili en colaboración con el Instituto de Salud Global y el CoE Innovación Turística de Eurecat, entre otros, ha puesto de manifiesto que “más de la mitad de los cruceristas que hacen escala en Barcelona consideran que se encuentran con demasiada gente cuando visitan la ciudad, un parecer que comparte la población residente, que destaca que la concentración de los flujos alrededor de las principales zonas turísticas afecta sus desplazamientos diarios y su calidad de vida, hasta el punto de evitar o haber dejado de visitar algunas zonas por no encontrarse con esta problemática”.
El debate sobre el impacto del turismo en Barcelona y en otras poblaciones del país es recurrente, como ha quedado patente en la última campaña de las elecciones municipales. Y, en relación a las externalidades que provoca, el turismo de cruceros es el más controvertido, no en vano Barcelona recibió 3,1 millones de cruceristas en el año 2019. Con esta cifra, el puerto de la ciudad se ha convertido en el líder del sector en el Mediterráneo y uno de los más importantes del mundo.
Conscientes de la situación, la Cruise Lines International Association (CLIA), la asociación de la industria de los cruceros, ha encargado recientemente al Laboratorio de Economía Aplicada AQR-Lab de la Universidad de Barcelona un informe que indica que solo el 4,1% de los visitantes de Barcelona proviene del turismo de cruceros, y que el sector, en cambio, contribuye con el 13% de las tasas que abonan los establecimientos turísticos de la ciudad —impuestos que en buena parte, a su vez, sirven para hacer nueva promoción turística de Barcelona.
Según la industria del sector, solo el 4,1% de los visitantes son cruceristas
¿Cómo puede ser que un porcentaje tan reducido de visitantes tenga un efecto tan determinante en la percepción sobre el conjunto de la actividad turística en Barcelona? En primer lugar, debemos saber que la Organización Mundial del Turismo considera visitantes tanto a los turistas que pernoctan en un destino como a aquellos que denomina excursionistas, es decir, que visitan un lugar sin dormir allí. Si tomamos el 2019 como referencia —último año normal antes de la crisis sanitaria
de la covid-19 del cual tenemos datos—, Barcelona recibió (alojó) 17 millones de turistas, a los cuales conviene sumar dos millones y medio que visitaron la ciudad, pero que pernoctaban en otros municipios del Área Metropolitana; casi seis millones y medio que provenían de alojamientos del resto de Cataluña (Costa Daurada y Costa Brava, fundamentalmente); 1,7 millones de cruceristas y cerca de 29 millones de excursionistas, que incluyen a los residentes de fuera del municipio que se desplazan por motivos no laborales (de ocio o consumo). Contando estos 56,7 millones de visitantes, el peso relativo de los cruceristas es el 4,1%.
Sin poder de decisión
Gestionar este volumen es muy difícil, y más en el caso de la movilidad. Las principales infraestructuras de transporte no dependen de las autoridades catalanas. Es el caso de los aeropuertos, competencia de Aena, de la red de ferrocarriles, en manos de Adif, o de los puertos de Tarragona y Barcelona, propiedad de Puertos del Estado, con sede en Madrid. Josep Anton Rojas, exdirectivo de Turismo de Barcelona y responsable de la promoción de cruceros entre 1995 y 2020, constata que el Ayuntamiento no tiene ningún poder de decisión sobre un segmento que añade saturación a los diversos puntos de interés: “Históricamente el Puerto no ha acordado con la ciudad cuál debía ser el objetivo de cruceristas a gestionar sin externalidades, y por tanto cuáles son las terminales necesarias”.

Y es que en estos momentos el Puerto de Barcelona trabaja en la construcción de dos terminales nuevas que han de sustituir las tres más próximas al corazón de la ciudad: la del Puerto Viejo y las dos a ambos lados del edificio World Trade Center –una de las cuales ya está cerrada. Si bien estas terminales, situadas en el Moll Adossat, están más lejos del núcleo urbano de Barcelona, también aumentarán la capacidad potencial de las escalas de cruceros en la ciudad, ya que tendrán una dimensión muy superior a las que dejan de ser operativas. En total, habrá siete terminales; cuatro de titularidad pública, una de MSC Cruises y dos más de Carnival.
El Puerto trabaja en la construcción de dos terminales nuevas en el Moll Adossat
Aun así, Mar Pérez, directora de Cruceros del Puerto de Barcelona, afirma que “la ciudad no vivirá grandes crecimientos en el número de cruceristas”, y exhibe como prueba del compromiso del Puerto con la ciudad la reciente constitución del Consejo para la Sostenibilidad de los Cruceros, un organismo de nueva creación formado por todas las administraciones, entidades y organismos relacionados con este sector, incluidos el Ayuntamiento, la Diputación y la Generalitat. En su primera reunión, el Consejo ha detallado cincuenta actuaciones para mejorar los impactos negativos de los cruceros en los planes ambiental y social —entre las que destaca el proyecto Nexigen, de electrificación de todos los muelles en el periodo 2026-2030 para que los barcos consuman energía renovable y limpia cuando estén atracados en el recinto portuario— y potenciar el retorno económico del sector sobre la ciudad y su área de influencia, a menudo cuestionada.
Precisamente, Daniel Pardo, de la Asamblea de Barrios por el Decrecimiento Turístico (ABDT), cree que el sector de los cruceros se caracteriza “por un enorme movimiento de capitales concentrados en pocas manos”, y así como defiende una reducción del monocultivo turístico en la ciudad en beneficio de una “economía de la ciudad”, exige la desaparición del turismo de cruceros.
La ABDT exige la desaparición del turismo de cruceros por la crisis climática
“La subida de precios por el gran atractivo de la ciudad, la precarización del mercado laboral, la desaparición del tejido comercial que da servicio a los vecinos y vecinas, la ocupación del espacio público o el ruido que comporta el turismo hacen de los cruceros un sector a eliminar —manifiesta—, y más en el actual contexto de emergencia climática debido al gran incremento de emisiones, residuos, consumo de agua y energía que comporta”.
Catalizadores de cambio
La perspectiva de la industria de los cruceros es muy diferente. Alfredo Serrano, director de CLIA en España, explica que el sector trabaja con el horizonte de cero emisiones para 2050. Pero mientras, el 35% de los pasajeros de crucero llegados al Puerto de Barcelona este 2023, según CLIA, lo harán propulsados por gas natural licuado (GNL), un combustible fósil que, respecto al fuelóleo utilizado hasta ahora, reduce una cuarta parte de las emisiones de CO2, un 95% de las partículas en suspensión, un 85% de los óxidos de nitrógeno y elimina la liberación de óxidos de azufre. “Somos pioneros y los catalizadores del cambio en la industria del transporte marítimo”, asegura, y relaciona otras medidas que a su parecer lo corroboran, como el autoabastecimiento de agua del 80% de los cruceros que pasan por Barcelona y los sistemas de tratamiento de aguas residuales del 78% de la flota.
De datos, hay para todos los gustos, también de quienes creen que todo este argumentario es una estrategia de marketing (green washing), ya que a modo de ejemplo la combustión del GNL libera metano, un gas que causa mucho más efecto invernadero que el CO2 del diésel del transporte.
Barcelona se ha convertido en el puerto base de referencia en el Mediterráneo
Lo que es innegable es que Barcelona se ha convertido en un puerto base de referencia en el Mediterráneo. El puerto base, punto de origen y final de los viajes en crucero, implica estancias en la ciudad antes y después del embarque para los pasajeros, que en el caso de Barcelona son mayoritariamente internacionales y que por este motivo pueden alargarse unos cuantos días. Estas estancias extra ayudan a aumentar el gasto de los cruceristas (hoteles, restaurantes...), pero también incrementan
la huella ecológica de estos turistas, ya que a las emisiones del propio viaje en barco se han de añadir las de los aviones que los han transportado hasta aquí (un 17% de los cruceristas embarcados en Barcelona son norteamericanos; un 14%, británicos; otro 14%, italianos...). Barcelona está en una rueda que gira sin parar. Un círculo virtuoso para el sector, una pesadilla para muchos ciudadanos. Intereses cruzados que no se encontrarán.
Impulsem un nou model de turisme al servei del país, un turisme conscient que tingui un impacte global positiu sobre les destinacions.