‘‘Los hombres no eran unos vagos: trabajaban. Pero nosotras [las mujeres] también y, a veces, más incluso”. Lo explica Marina Vilalta, la pastora en activo más veterana de nuestro país (¡tiene casi noventa y siete años!), en el libro Una vida en las montañas, de Abraham Orriols. Ella es, al fin y al cabo, la única de doce hermanos que se ha dedicado a ser pastora. Acumula cerca de un siglo de actividad ganadera y es la última eslabón de una tradición que hunde sus raíces desde tiempos inmemoriales al pie del Taga –donde vive.
Llena de modestia, Vilalta opina que su vida no merece un interés especial (“he hecho lo mismo que hacíamos todos antes”), y con naturalidad indica que en muchas casas, quien cuidaba el rebaño y quien cultivaba los campos era el marido, pero quien mataba los conejos, daba de comer a las gallinas o cuidaba los corderos en el corral era la esposa. No, históricamente, el papel de la mujer en la ganadería no ha sido residual, ni siquiera subsidiario, y hoy toda una nueva generación de pastoras –y de campesinas– está tomando el relevo.
Conjunción de factores
N’es un buen testimonio la Escuela de Pastores y Pastoras de Cataluña. Fundada en 2009, durante los quince años de funcionamiento han pasado por la Escuela cerca de 250 alumnos, de los cuales la mitad son mujeres. Un dato que apunta a la normalidad, y que la responsable del proyecto, Laia Batalla, atribuye a una triple conjunción de factores: por un lado, el desacomplejamiento provocado por la progresiva socialización de las ideas del movimiento feminista; el efecto llamada de unos referentes femeninos cada vez más visibles, también en el mundo rural, y la expansión de una nueva agricultura basada en los principios agroecológicos, que en todo el país impulsan de manera singular las mujeres.
No es casualidad, por tanto, que un colectivo como Ramaderes de Catalunya, que agrupa a una sesentena de mujeres para compartir experiencias y hacer visible su trabajo, tenga también por objetivo explicar los beneficios de la ganadería extensiva, la soberanía alimentaria y el cuidado y el respeto por el medio. Anna Boleda, socia de La Segalla, lleva una década pastoreando con sus cabras las laderas del término de l’Albiol, en las montañas de Prades, y haciendo con la leche unos quesos y yogures de gran calidad.

Pero más allá de lo que producen, Boleda es bien consciente de que su actividad comporta beneficios ambientales, especialmente el control de la maleza, en una zona con alto riesgo de incendio: “Si no estuviéramos nosotras, estos bosques no los mantendría nadie”. Una aportación que no tiene el reconocimiento que correspondería, y que está en el ADN del modelo que defienden.
Como también figura en este modelo, una complicidad con los animales que tienen a cargo. “La ganadería es un maternar constante”, afirma Laia Batalla. Anna Boleda destaca que trabajan básicamente con hembras. “A mí, sobre todo, me encanta ordeñar las cabras”. Y Yas Recht, pastora y socia del proyecto Circus -Granja Familiar, que maneja unas 120 ovejas en las Guilleries, remarca “la inteligencia innata de las mujeres en relación a los ciclos”, un instinto que ayuda –y mucho– en la gestión de una explotación ganadera. Recht entiende también su trabajo “como un retorno a los orígenes”, muestra de una gran conexión con la tierra. Y es por eso que el futuro del pastoreo deberá conjugarse en femenino.
Impulsem un nou model de turisme al servei del país, un turisme conscient que tingui un impacte global positiu sobre les destinacions.