Un verano más, el turismo en nuestro país es noticia. Las marcas de visitantes harán de esta temporada un hito histórico para el sector, como demuestran los datos del primer semestre, que son superiores a los de 2019, hasta ahora el año que exhibe el récord absoluto en número de llegadas. Pero en el balance no podrá obviarse que algo ha comenzado a cambiar en la percepción que la ciudadanía tiene de esta actividad económica. Barcelona, Palma, Girona y Alicante han vivido las primeras manifestaciones contra la turistificación de las respectivas ciudades, y si bien la última encuesta Ómnibus del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat revela una valoración mayoritariamente positiva de la actividad turística en Cataluña (un 75% de los encuestados ven bien continuar fomentándola), cerca de la mitad (un 46%) también piensan que su comarca está llegando al límite de la capacidad de absorción de turistas.
Un impacto incuestionable
Con el denominador común de poner límites al turismo, detrás de estas manifestaciones hay plataformas amplias (sindicatos y asociaciones vecinales, organizaciones ecologistas y entidades culturales, etc.) que muestran la transversalidad de un malestar que crece. Y es que, entre los temas que más preocupan, hay el acceso a la vivienda —una cuestión especialmente dramática en las Baleares—, la ocupación del espacio público, la precariedad laboral, la gestión de recursos escasos como el agua o la contaminación de cruceros y aviones, cuestiones todas con las que el turismo tiene una conexión directa.

Tanto es así, que los principales ayuntamientos del país han comenzado a moverse para pacificar los centros históricos y frenar la proliferación de los alojamientos de uso turístico (HUT). Barcelona ha anunciado la eliminación en 2028 aprovechando el Decreto ley de la Generalitat que lo permite. Palma también ha aprobado una batería de medidas, como la limitación del alojamiento turístico, el control del número de vehículos de alquiler o la imposición de una tasa a los visitantes procedentes de los cruceros que hacen escala en la ciudad. Y Valencia ha impulsado una moratoria de nuevas licencias de HUT, además de un veto a los megacruceros a partir de 2026. Conviene destacar que los actuales equipos de gobierno de estos consistorios (del PSC y del PP) no eran hace bien poco nada partidarios de promover limitaciones a la actividad.
No son los únicos movimientos en esta línea. El proceso de implementación del Compromiso Nacional por un Turismo Responsable en el Principado, o, ni que sea por intereses inconfesables (son los grandes beneficiados de las trabas a los HUT), la publicación del manifiesto Turismo bien de la patronal hotelera española Exceltur constatan la necesidad de dar respuesta a los innegables efectos negativos de la masificación.
Cifras, debates y modelos
Como señala el profesor e investigador en investigación sobre turismo Joan Buades, los Países Catalanes son la primera destino turístico del mundo en relación al número de habitantes —y el quinto en términos absolutos: más de tres turistas internacionales por residente, el triple que Francia, líder mundial en visitantes según la OMT. Concretamente Cataluña, en 2023 recibió 18 millones de turistas de fuera del Estado —cifra que contrasta con los 10,7 millones que llegaron en el año 2001: vea los datos en la página 15—, y alcanza los 27,2 millones sumando los turistas residentes en el Estado español. Esta avalancha de visitantes es difícil de gestionar, y hay hipotéticas soluciones para todos los gustos.
El economista Miquel Puig, actual secretario de Asuntos Económicos de la Generalitat, pensando en Barcelona, destino principal del país, afirma que debe ser “una ciudad cara para el turista, y así podrá ser más habitable para el ciudadano”. Una opinión que no comparte el director del Insetur, José Antonio Donaire: “Un modelo turístico sostenible no es consecuencia lógica de apostar por un turismo de calidad. Una persona que se aloja en un hotel de lujo gasta 500 litros de agua diarios; una que lo hace en un hotel de una estrella, gasta 130”.
Hecho y hecho, la presidenta del GOB, Margalida Ramis, cree que este turismo de calidad es, en realidad, turismo de lujo, y no es ninguna solución: “Es perverso y peligroso porque polariza aún más la sociedad entre los que no pueden pagar un alquiler y los ricos que sí que pueden hacerlo”. Y Buades remata: “Pasados unos determinados niveles de turistificación, como más turistas vienen, más pobres somos”. Por lo tanto, sin consenso sobre los límites y el modelo, no habrá soluciones compartidas. Comienza la partida.
Impulsem un nou model de turisme al servei del país, un turisme conscient que tingui un impacte global positiu sobre les destinacions.